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La belleza del exceso

Pedro Miguel Salgado Conde

15 abr 2026

El minimalismo te enseñó a desaparecer elegantemente. El exceso bien entendido te enseña a aparecer completamente.

Hay una habitación que recuerdo. No era mía, pero la recuerdo como si lo fuera. Paredes llenas hasta donde alcanzaba la vista: libros apilados sin orden aparente, una planta que había crecido más de lo que nadie planeó, una lámpara de los años setenta que no combinaba con nada y al mismo tiempo combinaba con todo, un mapa con pines de colores, fotos sin enmarcar sostenidas con cinta, un escritorio que era también mesa de comedor y también estudio y también caos controlado. No era bonita en el sentido en que las revistas de diseño usan esa palabra. Era otra cosa. Era viva.


Después pasé años aprendiendo a olvidar ese cuarto (ahora es lo que trato de recordar.)


En algún momento, sin que nadie lo anunciara formalmente, el mundo estético decidió que menos era más, y no es mala la idea, porque en efecto hay que saber desapegarse, soltar, limpiar (pero eso es tema para otro ensayo). El problema no es el gesto de soltar. El problema es cuando ese gesto se convierte en mandato universal, en la única forma legítima de tener gusto. Que la sofisticación se medía en lo que se eliminaba. Que el gusto verdadero consistía en saber quitarle cosas a la vida hasta quedarte con una superficie limpia, sin rozaduras, sin historia visible. El minimalismo no llegó solo como corriente arquitectónica o como movimiento de diseño. Llegó como ideología. Como moral.


"Ordena tu vida y te ordenarás a ti mismo."

Lo que no dijeron es que también te vaciarías un poco en el proceso.


La historia oficial del minimalismo es elegante: nace en el arte conceptual de los sesenta, en artistas como Donald Judd o Dan Flavin, que querían reducir la obra a su forma más esencial. Luego migra a la arquitectura con Mies van der Rohe y su famosa frase "less is more" que en realidad él tomó prestada del poeta Robert Browning y que nadie recuerda bien porque importa más el eslogan que el origen. De ahí al diseño industrial, de ahí a Apple, de ahí a tu Instagram, de ahí a la ansiedad silenciosa de sentir que tus cosas dicen demasiado sobre ti. El camino fue rápido y casi invisible.


Lo curioso es que el minimalismo, en su forma comercial y contemporánea, no tiene nada de austero en el fondo. Un departamento blanco con tres muebles bien elegidos cuesta más que uno lleno de objetos acumulados a lo largo de una vida. El minimalismo real, el que se vende en revistas y feeds, es un lujo. Del que ya tiene suficiente para decidir quitarse cosas, pero se vendió como sabiduría universal, como el camino hacia la claridad mental, como si vivir rodeado de objetos fuera una señal de confusión interna. Una patología, casi. Puede ser que funcione para algunos, pero a la mayoría nos encajona. No te representa. Te da un lenguaje prestado para habitar tu propio espacio.


El psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi (el mismo que desarrolló la teoría del flow) hizo algo interesante antes de eso, estudió la relación entre las personas y sus objetos domésticos. Encontró que los objetos que más valoramos no son los más caros ni los más funcionales, sino los que cargan historia. Los que cuentan algo. Una taza fea que era de tu abuela funciona de manera diferente en tu mente que una taza perfecta de diseño escandinavo, (En mi caso es una gallina de barro, una alcancía que no utilizo para nada, que no tiene función práctica, que probablemente no "va" con nada de lo que la rodea “en mi departamento de un diseñador” pero que me llena el corazón de una forma que no puedo explicar del todo. No la cambiaría por ningún objeto.) porque activa lo que él llamó "la extensión del self”, la forma en que los objetos se vuelven parte de nuestra identidad, de nuestra memoria, de nuestra continuidad como personas.Quitarlos no te simplifica. Te amputa.


Hay una palabra en japonés que el movimiento minimalista adoptó para legitimarse, wabi-sabi. La apreciación de lo imperfecto, lo incompleto, lo efímero, pero lo que rara vez se dice es que el wabi-sabi no es vacío; es todo lo contrario, es una densidad emocional concentrada en la textura de las cosas. Una taza de cerámica con una grieta reparada con oro (el kintsugi) no es minimalista. Es excesiva en significado. La diferencia es que ese exceso no grita. Susurra, pero está ahí.


El exceso tiene mala prensa porque lo confundimos con saturación. Con el ruido. Con el “too much” de alguien que no sabe editar y esa confusión es conveniente para quienes venden la idea de que hay una sola forma correcta de habitar el mundo.


Pero el exceso real no es acumulación sin criterio. Es presencia total. Es dar todo en cada cosa que eliges hacer, tener, ser. No todo al mismo tiempo (eso sí es caos) sino con la misma intensidad en cada momento que merece esa intensidad. Si trabajas, trabajas completamente. Si descansas, descansas sin culpa y sin distracción. Si llenas una pared de cuadros, cada cuadro tiene una razón de estar ahí que solo tú entiendes. El exceso bien entendido no es cantidad. Es profundidad llevada al límite de lo que cada cosa puede ser.


El filósofo Georges Bataille tenía una teoría sobre esto que incomoda porque es demasiado verdadera. Llamaba "economía general" a su forma de entender la energía en el universo, decía que el problema no es la escasez sino el excedente. Que la vida produce siempre más de lo que puede contener, y que las culturas humanas se definen por cómo gastan ese excedente. Las que lo queman en rituales, en fiestas, en arte, en arquitectura monumental, en generosidad, en lo que él llamaba "gasto improductivo" son las que generan cultura real. Las que lo reprimen, lo acumulan o lo racionalizan al máximo se vuelven estériles. El minimalismo como ideología es, en términos de Bataille, una forma de represión del excedente. Una negativa a gastar y eso tiene un costo. Vital.


Las casas que se recuerdan no son las más limpias. Son las más habitadas.


Piensa en los interiores que han producido arte, pensamiento o conversación a lo largo de la historia. El estudio de Francis Bacon en Londres, hoy reconstruido en un museo: un desorden total, pintura por todas partes, recortes de revistas, fotos, espejos rotos, latas de pintura sobre el piso. De ese caos aparente salió una de las obras más poderosas del siglo XX. El cuarto de trabajo de Frida Kahlo en La Casa Azul: colores saturados, objetos populares mexicanos, animales disecados, su propia imagen repetida en espejos, todo mezclado con la cama donde vivía su dolor. No era una habitación ordenada. Era una habitación que la contenía completa. El apartamento de Walter Benjamin en París, lleno de libros que se apilaban en el piso porque los estantes ya no alcanzaban, con papeles y fragmentos de texto por todas partes, de donde salió uno de los pensamientos más complejos y hermosos del siglo pasado.


No estoy romantizando el desorden. Estoy diciendo que hay una diferencia entre el espacio que refleja quién eres y el espacio que intenta borrarte para parecer presentable ante una estética ajena.


A mí me vendieron muy bien la idea. Y la compré. Llegué por primera vez a mi departamento con los pisos blancos, las paredes blancas, esos ligeros toques de madera "para que se sintiera cozy"  como si el calor pudiera fingirse con un material. Era perfecto en foto. Impecable. Y no me sentía yo. Era habitar un concepto de alguien más, vivir dentro de una estética que no me había preguntado nada antes de imponerse. Hoy, un tiempo después de haber hecho lo que quise, de haber metido cosas que aparentemente no son "estéticamente compatibles”,  llego cada noche a un hogar que me representa. Tengo un comedor donde cada silla es diferente porque porque cada una de ellas me encanta. Muebles del siglo XIX que conviven sin problema con un sillón de Ikea. Eso soy yo, una mezcla que no se explica fácil pero que desde adentro tiene una coherencia (que me ha costado recordar) y desde que vivo así, llego a casa y siento que llego a mi.


La investigadora Catherine Roster, de la Universidad de Nuevo México, estudió lo que sucede psicológicamente cuando las personas se deshacen de objetos personales. Encontró que el proceso activa lo que llama "discontinuidad del self” una sensación real de pérdida de identidad, especialmente cuando los objetos están ligados a memorias o a versiones pasadas de uno mismo. El minimalismo como práctica sistemática, cuando se hace sin discernimiento emocional, no es liberador. Es disociativo. Te desconecta de tu propia historia.


Hay corrientes estéticas que siempre supieron esto. El barroco, que el gusto ilustrado intentó enterrar como exceso vulgar, era en realidad una filosofía, la idea de que la realidad es tan compleja, tan múltiple, tan contradictoria, que solo una forma igualmente compleja puede contenerla. Las iglesias barrocas no son recargadas por ignorancia del buen gusto. Son recargadas porque intentaban representar la totalidad de lo sagrado. El maximalismo contemporáneo en el trabajo de diseñadores como Alessandro Michele en su era en Gucci, en la arquitectura de Gaudí que sigue siendo irrepetible, en la música de Angine de poitrine o Oneohtrix Point Never, artistas que no eligen entre géneros, entre identidades, entre idiomas estéticos, sino que los contienen y los deforman todos al mismo tiempo, viene de la misma intuición, que la complejidad no es un error a corregir. Es la forma más honesta de estar en el mundo.


Hay algo importante que no se puede perder en este argumento (porque si no lo dices se convierte en otra trampa diferente.) El exceso no es para todos igual y esa diferencia no es un defecto del concepto. Es su punto central.


El punto de equilibrio entre lo suficiente y lo demasiado no está en un manual. Está en ti, para algunas personas, una habitación con cincuenta plantas es el caos perfecto que necesitan para pensar. Para otras, es una sola planta bien elegida la que hace que el espacio respire. Ninguno está equivocado si esa elección viene de adentro y no de una revista. El problema no es el minimalismo como práctica personal cuando nace de una necesidad real de claridad. El problema es el minimalismo como moral universal, como la única forma legítima de habitar el mundo con gusto e inteligencia.


El exceso que vale es el que es tuyo. El que acumula con intención. El que llena una pared no porque "más es más" como eslogan sino porque cada cosa en esa pared tiene un peso, un origen, una razón que no necesita ser explicada pero que se siente cuando entras al cuarto. Ese tipo de exceso no satura. Habla. Dice quién eres sin que tengas que abrir la boca.


La artista y escritora Susan Sontag tenía una biblioteca de miles de libros en su departamento de Nueva York. Cuando alguien le preguntó si los había leído todos, respondió: "La mayoría. Pero no se trata de haberlos leído. Se trata de saber que están ahí." Hay algo profundamente anti-minimalista en esa frase y también algo profundamente verdadero sobre cómo funcionamos, rodeados de lo que aspiramos a ser, de lo que hemos sido, de lo que no queremos olvidar. Los objetos no son decoración. Son memoria externalizada. Son las versiones de ti que no caben en una sola presentación de una línea pero que existen, que vivieron, que siguen formando parte de lo que eres ahora.


Al final, la pregunta no es cuánto tienes o cuánto muestras. Es si lo que te rodea te expande o te encoge. Si cuando entras a tu espacio sientes que llegas a algún lugar o que llegas a ninguno. Si tu casa, tu escritorio, tu forma de vestir o de trabajar dice algo verdadero sobre ti, o si dice lo que se supone que debes decir para no molestar el ojo ajeno. Esa pregunta no tiene respuesta universal. Tiene la tuya.


El minimalismo te enseñó a desaparecer elegantemente. El exceso bien entendido te enseña a aparecer completamente.


Esa habitación que recuerdo, la que no era mía, era de alguien que había vivido de verdad en ella. Que la había llenado con sus obsesiones, sus viajes, sus contradicciones, sus afectos. No estaba decorada. Estaba habitada, esa diferencia, que parece pequeña, lo es todo.

No hace falta elegir entre el orden y el caos. Hace falta elegir entre la vida que cabe en una foto de Instagram y la que cabe en una vida de verdad. La segunda siempre va a desbordar un poco los márgenes y en ese desborde, si sabes mirarlo, está exactamente la belleza que estabas buscando. Estás tu.



Pd: cuando quieras te invito a explicarte cada uno de los objetos que llenan mi hogar y por ende me llenan a mi.

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